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Quirino Hernández, el hombre de Archipiélago

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Yo me apuré mucho en nacer, fue tu saludo; y mi respuesta, la de siempre: tú naciste cuando debías, si no, ¿quién iba a fundar Archipiélago? otro cualquiera, dijiste con una especie de añoranza por la juventud de estos amigos de ahora entre los que me cuento.

Me siento frente a él en un portal lleno de pregones y nos reímos de la impertinente campanita del heladero que malogra más de una grabación.

Muy pocos en Caibarién y menos en Cuba, tenemos el privilegio de conocer a este anciano con ojos tan llenos de risa que quitan todo protagonismo al resto de la figura, con pinta de “abuelito contador de cuentos” y a quien un piropo de los años cuarenta se le escapa ante cualquier bella mujer (que sea amiga, por supuesto); calla entre sus muchos méritos haber fundado y dirigido numerosas publicaciones donde Archipiélago fue su obra más importante.

Esa revista cultural de perfil amplio, circuló entre 1943 y el 47 en más de doce países de Latinoamérica y publicó las primeras obras de quienes luego trascenderían las letras cubanas para alcanzar un lugar en la universalidad, entre ellos Onelio, Raúl Ferrer, Naborí y Dora Alonso.

Como en diálogo entre amigos más que entrevista, indago sobre la vida de este hombre que fue mensajero de farmacia, peón de aserrío, ayudante de mecánico y definitivamente trabajador del comercio por más de cuarenta años. Que tiene la Medalla de Combatiente de la Clandestinidad, y milita en el Partido Comunista desde 1962. el mismo que en Asamblea Solemne, recibiera, el 22 de diciembre de 1988, la condición de Hijo Distinguido de Caibarién.

¿Por qué llamaste Archipiélago a aquella revista?

Archipiélago es para mí una palabra sonora, alegre, y estas islas del Caribe, aunque pequeñas, las imagino como si enfrentaran por su situación geográfica la política ambiciosa del imperialismo. De ellas, Cuba es la hermana mayor, las otras, en el ámbito del Caribe están estratégicamente situadas como si fueran parte de un frente dispuesto a luchar para rechazar al coloso del norte. En fin, por su significado geográfico, político y la sonoridad del vocablo, propuse el nombre Archipiélago, que debía aspirar a ser mensaje fraterno al continente, a las tierras del sur.

¿Cómo se hacía Archipiélago?

De izquierda a derecha: Ramiro de Armas, Clotildo Rodríguez Mesa y Quirino HernándezBueno, yo era el director y la mayor parte de las veces tenía que pagar de mi bolsillo los veinte pesos al editor, que era el italiano Antimo Buchiero Cioffi, dueño de la imprenta La Milagrosa, allí en la calle Padre Varela, me ocupaba también de los trabajos de composición y publicación; pero la responsabilidad intelectual recaía en Ramiro de Armas. Tenía una frecuencia mensual, con más de ocho páginas de papel corriente, a dos columnas con un espacio interlineal, los trabajos iban acompañados de fotos de los autores y notas bibliográficas o del texto, la portada era su más grande ilustración, estaba a cargo de Clotildo Rodríguez Mesa, que era el director artístico de la revista… la técnica de las ilustraciones era el xilograbado y la fotografía. En el consejo de redacción estábamos Arenas (Ramiro de Armas), Clotildo, Marcos Díaz Rojas, Jaime Pérez Adróver, Francisco Hernández Pérez, Mario Cordobés y Machina (Armando Rosado).

La revista se distribuía gratuitamente, y para evitarle un destino individual, dado que el promedio era de 500 ejemplares por tirada, a lo máximo alguna vez fueron mil, enviábamos a las bibliotecas o instituciones culturales oficiales y no oficiales. Recibíamos colaboraciones de casi toda Hispanoamérica, a donde enviábamos también ejemplares de la revista. Por diversas razones en el 47 no pudimos mantenerla más, una de ellas fue el factor económico.

Antes y después de Archipiélago, jugaste un papel importante en la prensa de la región central de Cuba, fuiste miembro del Colegio Nacional de Periodistas…

Muchas veces los periódicos que fundaba o dirigía se relacionaban con mi actividad política y sindical; así dirigí Litoral, que era el órgano de la Federación Obrera de Caibarién y Mostrador, que era el de los empleados del comercio, pero sobre todo recuerdo Rumbos Nuevos, que era el órgano de la sección Cuba de la Sociedad Indoamericanista, cuya sede estaba en Ecuador y que, con una tendencia izquierdista, promovía la unidad de los países latinoamericanos y la defensa consciente de sus valores; yo era el delegado de esa sección y esa revista fue un antecedente directo de Archipiélago.

Ahora, luego de tanto tiempo ¿dejaste del todo el periodismo?

Nadie me presiona, pero investigo, estoy escribiendo sobre José Martí, más bien meditando sobre su obra. También estoy anotando algo así como memorias de figuras y acontecimientos de mi época. Tengo tiempo, aunque no me queda mucho tiempo…

Así rememoró Quirino Hernández hace más de diez años, en nuestra última conversación de la que aún queda en mis sentidos el olor a jazmines del patio cercano, la persistente campanita del heladero y la mirada risueña con la frase habitual de la despedida: Yo me apuré mucho en nacer…

(Fuente: Juan Francisco de la Paz Pérez)

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