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Mi vida de escritora secreta

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Acabo de leer un artículo de  Leila Macor publicado en el sitio www.elcastellano.org  que me parece muy ocurrente, ella cuenta que ajustó su gramática a los amores que fue sintiendo durante su vida, así adoró o detestó el punto y coma, los dos puntos, los adjetivos y los adverbios… y me recuerda mi propia experiencia con la literatura…

Existen dos acontecimientos trascendentales en mi vida de escritora secreta, el primero relacionado con el amor y el segundo con el engaño (no en el amor, dejo claro).

Tenía unos 18 años,  estaba enamorada como un tren…bueno, para mejorar esta metáfora “con la fuerza de un tren”, y como tantos a esa edad, me salían versos a borbotones; me creí entonces dotada para la poesía y escribí “aquello” que tuvo el ridículo y adolescente título de “Tú eres para mí”, y se lo solté al desgraciado, perdón, quise decir al agraciado; debo decir que tuvo la paciencia para escucharlo hasta el final, me miró y sencillamente dijo: “Qué malo está eso”.

Sigo escribiendo poesía, otros desgraciados, ¡vaya con la confusión de palabras! otros agraciados, las han provocado, pero ninguno más las ha conocido, ahora son mías, secretas e igual de malas, quizás cuando muera y mis hijos registren los rincones, encuentren papelitos por todas partes, para entonces adelanto que las menos malas están en la gaveta de la mesita de noche.

Mi otro encuentro con la literatura fue hace unos diez años; un primo que escribe los poemas más locos y mejores que haya leído, llegó con sus manuscritos al dorso de trabajos de Química de sus ex alumnos de preuniversitario, me pidió se los transcribiera porque un amigo editor en España se los iba a publicar, dejé todo lo que tenía por hacer y me dediqué a la obra.

Cada noche venía, charlábamos con café de por medio, leíamos aquellos poemas suyos, me contaba la última conversación con el editor español…hasta que le enseñé, inspirada por tal complicidad creativa, mi libro para niños, que fue escrito para hijos, amiguitos y parientes pequeños, sin aspiraciones editoriales.

Mi primo dijo que aquello era genial, con rapidez de primo llamó al empresario, el hombre se interesó… mi hija estaba a punto de cumplir quince, con los euros del libro podría pagar la fiesta, la ropa nueva y sus fotos. Siguieron las tertulias del café nocturno y yo, tecleando poemas del primo. Hasta que alguien con poca fe en la humanidad, me preguntó por la editorial, que si podíamos mandarle un correo al hombre de España, que si yo había firmado un contrato…gente mal pensada…y apenada de ofender al primo, le pedí algunos datos…Nunca más volvió.  

Por suerte mi genial libro para niños titulado “Los García de Palo Quemao” sigue en casa, es tema de conversación de vez en cuando, sobre todo cuando hablamos de los tantos fraudes protagonizados por el primo de los poemas locos o cuando algún nuevo parientito aprende a leer y me dicen: “préstale el libro, para contarle cómo éramos”.

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