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La Peregrina

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Nadie puede decir con exactitud cuándo apareció con su humilde estampa, aparentemente solo buscaba alimento y por esa razón se acercaba a un sitio tan concurrido, al principio algún que otro le hizo una caricia, también recibió uno que otro puntapié; optó por refugiarse tras las hileras de asientos, estudiar desde allí a los visitantes y salir solo si fuera pertinente.

De su vida anterior no se conoce nada, aunque evidentemente la tuvo, pues era adulta cuando se acercó sin estridencias ni excesivas demostraciones de amistad, más bien comedida, a ese sitio donde las gentes preferirían nunca más volver, porque solo huele a dolor, flores y muerte. Quizás vino con un dueño perdido para siempre.

A pesar de la consternación y sobriedad que impone el lugar,
un día alguien notó que acompañaba los entierros, esperaba el discurso de último adiós y regresaba a la funeraria sin desviarse a ningún otro sitio. Y así de ida y regreso tantas cuantas veces peregrinaran los diversos grupos de desconocidos dolientes.

No tenía nombre, comenzaron a llamarla “Niña”, desarrolló ese instinto de los perros abandonados para identificar a los buenos, los temerosos o los malos humanos, en consecuencia del cual saludaba, se mantenía a distancia o pasaba indiferente.

Tampoco sabemos quién la llamó por primera vez Peregrina, pero de seguro aludía a esa costumbre de acompañar las caminatas que la tradición mantiene como tributo a nuestros muertos; el caso es que ya su nombre y la historia se extienden a la tradición popular.

Solidaria como muchos debieran aprender a serlo, la Peregrina de Caibarién ha encontrado benefactores con intenciones de adoptarla: un anciano que vive junto a la funeraria local, la encargada de la oficina del recinto mortuorio, los artistas que remozan como sede una casona cercana; pero ella siempre vuelve a sus caminatas.

Una anécdota cuenta que parió en la zona comercial y hasta allá fueron a buscarla con cría y todo, hace poco un hombre pasó por la céntrica calle Jiménez con ella atada y la pretensión de llevarla a su domicilio, desde una barbería salió otro, la desató y la devolvió al entorno y misión que escogió por si misma; su más reciente prole de ocho cachorros crece en el sótano de la sede de la UNEAC, y ya está pactada la esterilización para garantizar tranquilidad al barrio y seguridad a la Peregrina.

Ignoro cuánto tiempo más nos acompañará en los momentos de dolor por la pérdida de un pariente o amigo, recuerde que nadie sabe de su vida e historia anterior; es cierto que no tiene pedigree, ni collar, le falta aseo y sus pechos fláccidos cuelgan un poco; pero ojalá sea por mucho, pues  de tal  mesura y solidaridad pudieran aprenderse varias lecciones.

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